A veces vivo como en esa llamada de madrugada en la que te muestras sin tapujos pero que no se oye. Porque hablas demasiado bajo. No te escuchan.
Porque los susurros hay que sentirlos y aunque sean bonitos a veces pasan de largo.
Y otras, sin embargo, se quedan debajo de la piel.
Intentar que no sea en la tuya propia es el objetivo.
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