20.10.13

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Cómo cambian las cosas, las historias, las idas, las venidas, los viajes, las palabras, los significados, los domingos. Y los lunes. Los te quiero y los que no tienes. Cómo cambian los lugares, los olores, las brisas, los colores, lo que sientes. Y vives. Las buenas noches y las noches sin dormir.

Todo es distinto, pero piensas que algún día llegará la calma, que poco a poco todo amaina, y lo notas. Y lo sabes. Y por mucho que duela todo irá mejor, porque a peor no se puede. No se debe.

No me gusta pensar en el futuro porque está claro que la realidad después no me concuerda. Y prefiero imaginar con disimulo, sin que se note, despacito. Para que no huyas. Ni tú ni nadie. Para que no lo rompa todo. Hace tiempo que tengo superado el límite del odio. No cabe más repulsión ni puedo vivir con más culpa.

Hace 21 días que estoy aquí y lo sé porque acabo de verlo para escribirlo, he perdido mi calendario, no me interesa en qué día vivo porque no me hace falta. Porque es mejor que me de cuenta de que ya es lunes porque he sobrevivido al domingo. Y nunca más por hacer planes en un martes.

Y repasar lo que has vivido es darte cuenta de que eso no se irá nunca jamás. Es para ti y para tus cajones. Y tus desastres. Y tu ático. Pero nada podrá borrar tus emociones al recordar o que se salten las lágrimas si alguien te nombra un día fatídico. Es señal de que sigo viva, es una forma de ver que sigo latiendo. Tengo pulso.

Nunca me ha dado vergüenza ni miedo llorar y es verdad que hace tiempo que no lo hago. O no por algo importante al menos. No quiero tropezarme más con obstáculos. No puedo seguir yendo a trompicones. En algún momento encontraré un sendero y no le temo a la compañía.

Puedes compartir conmigo todo lo que quieras. Con mis reglas.

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